Seis las medias arenas
de mis medios calientes
siete son los pecados –cometidos-
suman ocho conmigo
nueve los que te cobro
más de 10 he sentido
Morena Mía
Miguel Bosé
Cuando coincidimos aquella tarde de chipi-chipi en Córdoba, después de una década de no vernos, Pita y yo no sabíamos que La Utopía nos iba a cambiar la vida a todos, a pesar de que nuestros pasos nos conducían siempre, infaltablemente a La Ruina, el rock, Sabina, Páez los porros, el alcohol y otros excesos nos mantenían en pie y la materia con la que trabajamos sin descanso, sigue siendo la misma con la que se construyen los sueños (play again Sam… Play it!).
Córdoba se convirtió, a nuestro breve retorno, en un bunker donde sólo cabíamos Pita y yo, él, un flaco de piel blanca con 1.80 de humanidad nacido en Barcelona en 1969, hijo de una mujer que seguramente gritó en su momento: ¡La imaginación al poder! El que esto escribe, un flaco de 1.60 moreno y nacido de una mujer que por ver al novio ese día no llegó a tiempo a la marcha que culminó en masacre en Tlatelolco, tal vez el día en que me engendraron, pero seguro, seguro fue en Octubre del ’68.
Córdoba había dejado ya de ser un misterio, el misterio del escudo de armas de Castilla y Aragón para La única villa de españoles de y en toda la Nueva España durante el virreinato, es decir, ¡el escudo del rey para una ciudad criolla! Pero costó 100 mil pesos oro del siglo XVII, eso no lo dice el acta de fundación que se encuentra en el Archivo Histórico Municipal ni en el Archivo General de la Nación. (Hay que saber paleografía pa’ entenderlo, Aquileo era re güeno pa’ eso, yo siempre he sido comunicador, periodisto pues).
La generación del ’87 se había disuelto tras el número 5 de La Última, los mismos que crearon el Procesito y fundaron la OCE-ESBAO habían emigrado a Puebla unos, otros a Peñuela, Orizaba y el resto al monstruo de 7 cabezas llamado Distrito Federal, a un antro que se llama UNAM o a la UAM; más tarde uno tuvo suerte y entró al Claustro de Sor Juana, aunque sólo un semestre, pero cuenta.
Pita y yo dejamos Córdoba en el ’92, después del estreno del Bat out of Hell II: Back into Hell, segundo álbum de Meat Loaf después de 10 años de ausencia y del que pegaron 6 sencillos, uno de ellos, el que me acompañó entonces, el que sigue conmigo: Rock and roll dreams come trough, junto con, por supuesto, Sabina.
You ‘ven trough the pain and the dirth and I know ‘cause you got the scars to prove it y como cada vez que se encuentran dos caminantes se cuentan sus andanzas y sus querellas, José Manuel Pita y un servidor llegamos hasta el fondo de las botellas en La Utopía de Osvaldo y Dione y al amanecer, nuestros pasos nos conducían al tianguis cultural de La Ruina que comandaba Leonardo.
Por alguna razón los cordobeses somos raros, muy raros y muy pocas veces nos sentamos a sumar, a no ser que nos encontremos de frente –una olorosa taza de café de por medio- con las ideas bien claras y los pies en la tierra, nos gusta dividirnos en grupos, los que saben, los que saben más y los chingones, el resto no existe ah, me olvidaba, también está la generación del ’87, pero eso es otro rollo (Voy a demandar al Adal por fusil aunque como dijera Pita, nadie se plagia lo suyo y terminó publicando mis ideas en sus insolentes textos).
De la trova a la poesía, del alcohol al viaje interior, de vuelta al origen, a recoger el ombligo en Córdoba.
Más de siete siglos han pasado para que CHORYHVH se transformara en Córdoba, pasando por Corteba y Curduba, lo que ha causado gran confusión entre los eruditos que atribuyen su fundación a los cartagineses y no a los hebreos, mucho menos cuando, habiendo sido fundada en una de las márgenes del Betis hoy Guadalquivir por Ninivitas (Jn 1: 1-3) le dieron por nombre original Ciudad de Dios Chor Yhavé –en hebreo no existen las vocales A y E aunque sí Ayim y Eim- y no Ciudad de cueros curtidos Curt eba.
Una década tuvo que pasar para que, Pita y el chunco se reencontraran y transmutaran, cada uno en un camino diferente y paralelo, separándonos de ser: another brick on the wall, y ya que hablo de paralelismos, Robert Rodríguez –esos extraordinarios mexicanos que no dejan de asombrarnos, como los paralímpicos que se trajeron un chorro de medallas de oro contra ¿Dos? De los normales en los olímpicos- estrenó en la década de los 90’s una película de bajo presupuesto, costó sólo 5 mil dólares de entonces, de hecho muy barata.
El Mariachi pronto se convirtió, gracias a la distribución internacional y el buen gusto de mucha gente, en una película de culto que generó dos secuelas: Desperado y Once Upon a time in Mexico, donde Rodríguez consigue una galería increíble de actores que ni Sefirelli o Buñuel –por poner un ejemplo- han logrado tener, más tarde logró filmar Sin City y esperamos con ansias las secuelas, estos filmes ya superan los 100 MDD de presupuesto y generan ganancias por ahí de los 300 MDD, una barbaridad en comparación con los 5 mil dólares de El Mariachi del mexicano que ya dirige Holliwood Robert Rodríguez.
De hecho, la última parte de esta trilogía es el acabose, contando con la participación de la jarocha Salma Hayek (El Callejón de los Milagros), Antonio Banderas (La Ley del Deseo), Johny Depp (Donnie Brasco), Rubén Blades (El color de la noche), Mikey Rourke (9 semanas y media), el duende verde de Spiderman como Cariilo, perdón, Barrillo, Pedro Armendáriz Jr como el presidente pelele de México (sin ánimo de ofender, claro), Enrique Iglesias, el primer interprete del mariachi, en fin, ganadores del Óscar y del globo de oro juntos en un filme que merece especial atención:
Si en el maricachi la mafia (narcotraficantes norteños) confunde a un músico con un asesino a sueldo contratado para matar al jefe del cartel, en érase una vez en México, el mariachi regresa para vengar la muerte de su esposa (Hayek), su hija y la suya propia de manos de Barrillo, que se hizo una cirugía plástica pero murió en el quirófano (como cierto accidente durante una liposucción ¿lo recuerdan?).
La trama gira en torno al control que ejerce el narcotráfico en el gobierno y el ejército al grado que, es el ejército quien busca derrocar al presidente de México (vía un jugoso pago al Secretario de Gobierno para que lo entregue o lo traicione que, pa’l caso es lo mismo) a sugerencia del capo de la droga quien controla no sólo a los federales, sino al mismo ejército.
Aquí intervienen dos agentes extranjeros, un retirado del FBI (Blades) y el otro en activo por parte de la CIA (Depp) que se dedica a desestabilizar gobiernos en Latinoamérica para mantener trabajando la industria de la guerra que tantos recursos genera al país de las barras y las estrellas, así como un dominio sobre la franja más importante del continente pues le genera recursos naturales y humanos pero, como dice el Chapulín Colorado (no se emocionen) no contaban con la astucia del mariachi (un Antonio Banderas más macho que en La Ley del Deseo) que busca venganza tras la muerte de su mujer y su hija de manos del general del ejército, controlado por el narco y que busca derrocar al presidente mexicano.
Al final de la película, como de todas las demás, hay unos apuntes que dicen que los personajes son ficticios y cualquier semejanza con personajes o eventos reales es mera coincidencia, filmada por allá del 2000, Once upon a time in Mexico revela características ue estamos viviendo hoy en día, sólo nos faltan los mariachis vengadores que vengan a salvar-nos de esta bola de Hijos de la Chilindrina…














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