Inocencio, sé prudente amigo mío
Frente a las costas de Miami, Florida, el submarino alemán “Seawolf”, hundía el buque petrolero “Potrero del Llano”. Las crónicas del 13 de mayo de 1942 afirman que la embarcación de nacionalidad mexicana navegaba al filo de la media noche con las luces encendidas, por lo que nuestra bandera era completamente visible. Ese agravio a nuestro territorio, costó la vida a 15 de los 35 tripulantes. A decir de Edmundo Domínguez, columnista de la OEM: “El hecho implicó una violación a todas las normas del Derecho Internacional, ya que México no estaba en guerra con las potencias del Eje, por ello se enviaron sendas protestas diplomáticas a Alemania, Italia y Japón. Los dos últimos recibieron la carta, Alemania se negó a recibirla y su respuesta fue el hundimiento del “Faja de Oro” en las costas de Key West, el 20 de mayo, de los 35 tripulantes, 8 murieron”.
El 28 de mayo, el Presidente Ávila Camacho se presentó ante el Congreso, en esa comparecencia hizo una exposición de motivos gramaticalmente impecable y con una sintaxis precisa, sin regateos: “Me presento a cumplir, ante ustedes, el más grave de los deberes que incumben a un Jefe de Estado: el de someter a la Representación Nacional la necesidad de acudir al último de los recursos de que dispone un pueblo libre para defender sus destinos. No declaramos la guerra porque hacerlo no es un acto de nuestra voluntad, sino que formalizamos un estado de guerra que se nos ha impuesto agrediéndonos. Estas palabras: estado de guerra, han dado lugar a interpretaciones tan imprevistas que es menester precisar su alcance. Desde luego hay que eliminar todo motivo de confusión. El estado de guerra es la guerra, si, la guerra con todas sus consecuencias; la guerra que México hubiera querido proscribir para siempre de los métodos de la convivencia civilizada, pero que en casos como el presente, y en el actual desorden del mundo, constituye el único medio de reafirmar nuestro derecho a la independencia y de conservar intacta la dignidad de la República”
El General Manuel Ávila Camacho actuó como un patriota, respetuoso de los procedimientos constitucionales que debían seguirse para formalizar su inclusión en la Gran Guerra. El toque de queda, el estado de excepción, la suspensión de garantías individuales era lo latente ante el peligro de que el Eje se abalanzara sobre nuestra población. Recordamos entonces al mítico Escuadrón 201 de la Fuerza Aérea Mexicana, la única tropa militar que ha actuado con fines bélicos fuera de nuestro territorio (la participación del ejército en Nueva Orleáns no cuenta porque acudieron con fines humanitarios). Ese cuerpo de élite que combatió en Filipinas al lado de la armada estadounidense, estuvo integrado por 35 pilotos. El escuadrón mexicano sufrió la pérdida de 5 pilotos: El Capitán 2° Pablo Luis Rivas Martínez, los Tenientes José Espinosa Fuentes y Héctor Espinosa Galván, y los Subtenientes Fausto Vega Santander y Mario López Portillo. De esos números fríos, tenemos que el saldo de bajas durante la gran conflagración mundial que culminó con la caída de la bomba atómica y la posterior rendición del Eje, fue de 28 mexicanos caídos.
En las aulas universitarias era imprescindible ubicar la fracción X del articulo 89 de la Constitución Política de nuestro país. De acuerdo a ésta, es responsabilidad del Titular del Poder Ejecutivo Federal “Dirigir la política exterior y celebrar tratados internacionales, así como terminar, denunciar, suspender, modificar, enmendar, retirar reservas y formular declaraciones interpretativas sobre los mismos, sometiéndolos a la aprobación del Senado. en la conducción de tal política, el titular del poder ejecutivo observara los siguientes principios normativos: la autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la solución pacifica de controversias; la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales; la igualdad jurídica de los estados; la cooperación internacional para el desarrollo; y la lucha por la paz y la seguridad internacionales.”















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