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Internacional

Una historia de Córdoba

Carlos Morales Tapia

Juana de la Merced de García de Arévalo
La Mulata de Córdoba

Historiam cum ira et studio pingendam ese
(La historia debe ser escrita con ira y parcialidad)
Hernán Cortés. «Cartas de Relación».

I El origen

Para 1503, encontramos funcionando el primer tosco ingenio azucarero en las Antillas; desde 1511, iniciaron con Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, los desembarcos españoles en la península de Yucatán. En 1517, una floreciente explotación de la caña de azúcar, alentada por los frailes jerónimos comenzaba a dar cierta importancia a las islas en materia agrícola y producción de azúcar.

Ya desde 1517, el Padre Las Casas, tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas y propuso al emperador Carlos V, la importación de negros, para que fueran ellos los que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas, a esta variación de un filántropo debemos infinitos hechos, pero para nuestro fin, sólo relataré uno, por haber sucedido en mi tierra, estar registrado en el Archivo General de la Nación bajo el ramo: inquisición y haberse convertido, con el tiempo, en una hermosa leyenda:

“y muchas cosas que no se debían olvidar, se olvidaron…”

El 12 de marzo de 1519, se da el primer encuentro armado que registre la historia entre nativos y españoles en la desembocadura del Río Grijalva, Hernán Cortés capitaneaba esa expedición, al hacerse la paz, el capitán español recibió presentes de oro y plata y veinte mujeres, entre ellas, una de origen mexicano nacida en Painallan y que llamaban Tenepal, la cual, por la forma de dirigirse a Cortés –le decía Malitzin, que en castellano quiere decir: Mi señor- apodarían la Malinche y que fue bautizada como Marina, en el puerto de La Vera Cruz.

1521 es el parteaguas en la historia de México, se dice que fue cuando, el hombre blanco y barbado, entró triunfante a la gran Tenochtitlan y se apoderó del reino de México; lo que no nos cuenta la historia es que, en realidad, no fue un puñado de españoles (unos 250 si hacemos caso a las cartas de relación de Cortés, que traían con ellos, algunos negros como su “servidumbre” personal) quienes conquistaron Tenochtitlán, sino varios cientos de miles de habitantes autóctonos, subyugados por el poderío mexica y cansados de ese dominio explotador.

Una vez “pacificado” el territorio, Cortés, como Capitán General de La Nueva España, recorría el país en busca de alianzas… Y riquezas, comenzando por repartir y encomendar “indios” entre su gente de confianza, después de 1521, las cosas para España y para México, comenzarían a cambiar drástica, pero no radicalmente… Es hasta 1523, tras el desembarco en San Juan de Ulúa de una docena de franciscanos, encabezados por fray Martín de Valencia, que inicia la verdadera labor de evangelización en un país donde ya podían distinguirse, en tan poco tiempo, tres clases sociales: españoles peninsulares, nativos y negros.

Pero también, comenzaban a surgir otras clases como los mestizos y los mulatos, resultado de la mezcla entre español y nativo o español y negro; Los negros propiciaron, durante el virreinato, uno de los capítulos más sangriento de la historia del país, que culminó con la muerte de 33 negros, en la plaza mayor, hoy zócalo de la ciudad de México; pero también, generó grandes historias…

En 1617, se funda el poblado de Totutla, la nueva y para 1618, se fundó el poblado de San Lorenzo de los Negros, hoy Yanga y unos meses después, la Villa de Córdoba, a la que se le atribuyó tal título, de acuerdo a lo establecido por las Leyes de Indias, por ser un poblado de españoles que eran, los únicos que podían constituir ayuntamientos, y que no existían hasta ese momento, por no existir ninguna villa o fundación 100 por ciento de españoles, que hubo una, la Villa del nombre de Dios que, un año después de fundada, desapareció.

De acuerdo a las Leyes de Indias, las villas sólo podían ser tales, si las fundaban españoles, y más importante, peninsulares, sin embargo, para el caso de Córdoba, los padres fundadores fueron criollos, dueños de recuas de mulas y estancias para ganado mayor y menor de los poblados de Huatusco, Chocamán y Coscomatepec, principalmente, quienes sobornaron al virrey, después de repetidas visitas, con 100 pesos oro y darle el nombre “de su ilustrísimo apellido a la villa”.

Los blanquitos dijeron que, por esos rumbos, los negros asaltaban las recuas que llevaban mercancía y oro al rey y que, de la ciudad de México, pasaban por el camino de “La Puebla” (fundada en 1531) a Orizaba (asentamiento del marquesado del valle de Orizaba), con rumbo al puerto de la Vera Cruz.

Lo que no dijeron los blanquitos fue que, cerca del asentamiento (prehispánico, por cierto, de nombre Huilotlán o Huilanco -Lugar de palomas-) existía un palenque de negros, metido en la espesura de la selva entre los lugares hoy conocidos como: El Naranjal y las tierras del Zopilote (Hoy es sólo una colonia con unas cuantas familias), capitaneado por un tal Gaspar Ñanga, Uyanga o Yanga, quien propició la fundación de San Lorenzo de los Negros, después San Lorenzo Cerralvo (Gracias a la protección del virrey de ese apellido) y que hoy es, repetimos: Yanga ¡Primer pueblo libre de América!

Los españoles, muy dados al gusto por las mujeres hermosas, no dejaban pasar la oportunidad de poseer a nativas o negras, a unas por ser sus encomenderos y guardianes y de las otras, por ser sus amos; uno de los fundadores de la Villa de Córdoba, amonestado por el arzobispo de la Puebla, Alonso de la Mota y Escobar, por vivir amancebado con negra de nombre Juana Cocinera, de nombre Primo García de Arévalo, fue el padre de Juana de la Merced, mulata, mujer que, con el tiempo, llegó a ser de una belleza excepcional y cuya historia, mezclada entre la ambición y la envidia, se transformó en leyenda y llegó a ser conocida como: “La Mulata de Córdoba”.

II La historia

Córdoba se funda en 1618, sólo uno de los fundadores era español peninsular y fue sacerdote que, más tarde, llegó a ocupar el obispado de Puebla; los demás, criollos arrieros y dueños de estancias para ganado; por supuesto, tenían esclavas negras y, en una de sus visitas apostolares por el rumbo, Fray Alonso de la Mota y Escobar, obispo de Puebla, amonestó, entre otros, a un Primo García de Arévalo que vivía amancebado “con una su esclava de nombre Juana de oficio cocinera.”

Los negros no necesitaban apellidos, pero llevaban, como tal, el de su oficio, así, encontramos a Pedro Zapatero, José Leñador, Juan Panadero… Y Juana Cocinera DE García de Arévalo, era la esclava al servicio del estanciero, suponemos que era una mujer bella, de otro modo ¿Por qué “amancebarse” con una hembra? La amonestación del obispo NO FUE por vivir con negra, SINO por estar amancebado, es decir, viviendo FUERA del matrimonio religioso, por lo que, García de Arévalo fue, invitado a casarse, so pena de excomunión.

De esa relación, surgió una hija, la que recibió el nombre de su madre, pero, también, por estar fuera del matrimonio, no recibió el apellido de su padre, sino de la propiedad del progenitor, convirtiéndose en: Juana de la Merced de García de Arévalo. Más o menos 20 años después, esa mujer vivía sola en la propiedad que le dejara su padre o que le perteneció a su padre; por no ser hija legítima, no podía reclamar la propiedad, PERO, al no existir herederos legítimos que reclamaran la herencia, nadie dijo nada hasta que…

Una mujer sola de entre 15 y 20 años de edad, alejada del centro de la ciudad, mulata, de caminar airado, larga melena ondulada, con impresionantes ojos color miel, piel morena radiante, de pie breve y andar ligero, conocedora de las estaciones y el paso de los astros, versada en el uso de las plantas medicinales y su preparación para sanar enfermedades y dolencias; muchos decían que sabía predecir tormentas y eclipses, además de ser excelente para ayudar en la labor de parto, además de conocer como sanar heridas y huesos rotos y curar enfermedades que los médicos no podían, sin tener conocimiento de las letras, que deambula a deshoras, pronto llamó la atención de la gente.

Más, de las damas que buscaban un hombre que pudiera darles el respaldo y apoyo que necesitaban en tiempos donde, la escuela para señoritas era, para aprender a cocinar, bordar y otras “sutilezas”, para agradar al esposo, es decir, lo que se conoce como: manualidades. Pues bien, esas señoritas en edad de merecer, no veían con agrado, la forma en que, los hijos Dalgos de la villa de Córdoba, miraban a La Mulata, misma a la que, por no conocer su origen, llamaban Soledad (porque vivía sola).

¿Qué tiene “esa” que no tenga yo? ¡Mis padres están casados! “Mi padre puede ofrecer una gran dote a quien me despose y ella no tiene nada que ofrecer” e imagínense… lo que deseen imaginar de la envidia de las mujeres hacia la joven mulata que, sin grandes ni suntuosos vestidos, levantaba suspiros de más de uno; chicos y grandes porque, una mujer de semejante belleza y juventud, no pasaba desapercibida, incluso, para los varones maduros.

¡Y claro! Uno de esos varones maduros era, el alcalde de la ciudad, hombre acaudalado y con el poder de decidir sobre hombres y haciendas y que, tras mucho cortejar a Soledad, no pudo concretar, absolutamente ninguno de sus favores y “¡Cómo va a ser posible! Sobre todo, cuando cualquier mujer estaría conmigo y guardaría silencio a cambio de mi protección.” Pero se equivocó con La Mulata.

III El origen de la leyenda

La envidia y el poder son condiciones que provocan las más crueles tragedias, por fortuna, en nuestro caso, creó una hermosa leyenda. Al verse desairado, el alcalde de Córdoba, no dudó en hacer crecer mentiras en torno a la joven curandera: “es una hechicera; tiene pacto con el diablo; la han visto al mismo tiempo por ‘El Palomar’ y ‘La Chicharra’; extrañas luces salen de su habitación por las noches; sabe cómo embrujar a los hombres; hace brebajes y pócimas para conseguir lo que quiere;” y aunque era asidua a las misas y era considerada una devota católica, tampoco faltó el de: “embruja a los hombres con la mirada”.

Sólo bastó un pequeño empujón para que, los cordobeses, en especial, las cordobesas, comenzaran a repudiar a la muchacha y, a relacionarla con ritos satánicos hasta que, una voz autorizada llamó a los Familiares del Santo Oficio… Y sí, esa voz fue, la del alcalde. “Trató de embrujarme con algún brebaje”, señaló y fue suficiente para que, los familiares de la Inquisición, acudieran a la vivienda de la joven y, tras no recibir respuesta (Quien va a querer salir ante “Los Perros de Dios”), entraron a la fuerza, tumbando la puerta principal y apresándola, bajo las acusaciones de herejía y hechicería, por lo que sería procesada en el tribunal de la ciudad de México, tras “un juicio correspondiente.”

IV El Final

Fue en las cárceles del Santo Oficio donde, Juana de la Merced García de Arévalo, según consta en actas del ramo Inquisición en el Archivo General de la Nación, conoció los instrumentos de tortura y pena capital, sin embargo, gracias a su devoción católica, logró conmutar la pena de muerte, por la de cárcel de por vida, en el Castillo de San Juan de Ulúa, al cual, fue trasladada, meses después de leída su sentencia.

Las celdas de Ulúa estaban hechas para torturar de por vida -que era corta- a quienes condenaban a esa prisión, se dice que, el único que escapó de ahí fue Jesús Arriaga, más conocido como: Chucho, El Roto. Un bastión construido para proteger al puerto de los ataques de piratas, los osados bucaneros y los crueles y temibles corsarios. Rodeado de un mar plagado de tiburones cebados de carne humana, porque los cadáveres de los que morían tras esos muros, no eran sepultados, sino arrojados a las aguas del Golfo y, la distancia entre el islote de la fortaleza y tierra, no podía ser salvado a nado, sin ser atacado por los escualos.

Celdas donde no te podías acostar y el tormento era estar de pie todo el tiempo, o acostado sin poder moverte y casi sin respirar porque, el salitre entraba por la nariz que casi se pegaba al cielo raso ¡Peor aún! Celdas en donde, todo el tiempo permanecías encogido, sin un lugar para orinar o defecar y con una comida que, la mayoría del tiempo, era más aprovechada por las ratas, que por los presos.

Pero a nuestra Juana, le tocó la menos peor de las celdas, una por donde podía colarse la brisa marina y en la que, la luz del sol entraba, gracias al reflejo del agua en la pared… Y es ahí donde se dice que: “La Mulata pidió a su carcelero un trozo de carbón y con él, le fue posible dibujar un navío de velas, sobre el reflejo del agua en la pared.”

Juana de la Merced, hija de Juana de la Merced Cocinera y Primo García de Arévalo, vecino de Tecamachalco y fundador de la villa de Córdoba, amonestado en 1620 por el arzobispo Mota y Escobar, por vivir amancebado con negra en una estancia para ganado menor en Iztayuca, urgiéndole pronto a casarse para ser perdonado por sus pecados carnales, fue, si hacemos caso a la leyenda, la primera en escapar de esa cruel prisión.

Después vino la famosa frase: “¿Qué le hace falta a este barquito?” Y luego, un carcelero enloquecido y un reo desaparecido de la más imponente e infranqueable prisión de todos los tiempos en la Nueva España. Los familiares de la Inquisición pudieron comprobar que, el cancerbero se encontraba fuera de sí, aferrado a los barrotes de esa celda murmurando entre dientes: “¡Que ande! ¡que ande!”

Tolkien, el más famoso de los escritores de leyendas imaginarias escribió que: “La historia se convirtió en leyenda…” y así pasó con el relato de “La Mulata” que, con los datos de la historia que faltaban, curiosamente se hace más interesante aún, traspasando las barreas de un tiempo que, hoy, nos mantiene asombrados, cada vez que descubrimos una realidad, por lo menos en México y Veracruz, supera ¡Y con mucho! Cualquier ficción, cualquier leyenda.

Porque en Veracruz ¡No pasa nada! Porque 100 millones ¡No es nada!


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