Post-eliminación en riesgo: la prueba institucional del sarampión

Una Visión Ciudadana | Alan Sayago Ramírez | Durante años, el sarampión fue en México una historia de éxito tan contundente que terminó por volverse invisible. Desde 2001, cuando se interrumpió la transmisión endémica y el país entró en la era de post-eliminación con certificación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el virus dejó de circular de manera permanente en el territorio nacional. No se erradicó del planeta, pero aquí dejó de ser residente fijo. Ese logro técnico parecía definitivo; la biología, sin embargo, nunca firma acuerdos permanentes.

 

La fotografía actual es distinta. Al 19 de febrero de 2026, México acumula 10,439 casos confirmados en los 32 estados y 363 municipios. Apenas el 17 de febrero eran 10,085; en 48 horas se confirmaron 354 adicionales. Desde enero de 2025 se han notificado 27,621 casos probables, de los cuales 10,439 se han confirmado. La transmisión no es anecdótica ni focal: es nacional y sostenida.

 

Las defunciones confirmadas asociadas al brote suman 31 en el periodo 2025–2026. Chihuahua concentra 21, Jalisco 3 y otros estados reportan casos aislados. El grupo de 1 a 4 años encabeza el número de contagios con 1,494 casos, seguido por 5 a 9 años con 1,263 y el grupo de 25 a 29 años con 1,172. La tasa de incidencia más alta se presenta en menores de un año, con 56.39 por cada 100 mil habitantes. El virus está encontrando espacios vulnerables.

 

Aquí es donde el Curso virtual sobre brote de sarampión en la era post-eliminación: Estudio de Caso (2022), desarrollado por la OPS en su Campus Virtual de Salud Pública, cobra relevancia. El estudio documenta que, tras la eliminación en 2001, México registró entre 2002 y 2012 un total de 161 casos importados, la mayoría vinculados a viajeros procedentes de Europa y Asia. El virus entraba, pero gracias a coberturas superiores al 95% y a una vigilancia epidemiológica activa, no lograba establecer cadenas sostenidas de transmisión. El éxito no fue casualidad; fue método.

 

El curso también analiza el brote de 2019, originado por un virus que ingresó desde el extranjero y que se extendió durante once meses, acumulando más de 200 casos confirmados. La OPS subraya que el problema no fue una mutación extraordinaria del virus, sino brechas de vacunación en grupos específicos. En la era post-eliminación, advierte el documento, los brotes tienden a concentrarse en comunidades con esquemas incompletos, migrantes, poblaciones móviles o territorios con acceso desigual a servicios de salud. El riesgo ya no es generalizado, pero sí más exigente con la calidad institucional.

 

Otro punto clave del estudio es la noción de “susceptibilidad acumulada”. Cuando durante años disminuye ligeramente la cobertura o se retrasa la aplicación de segundas dosis, se forma un grupo creciente de personas no inmunizadas. No se nota de inmediato; es un efecto silencioso. Pero cuando el virus ingresa, encuentra una reserva de susceptibles que permite extender la cadena de transmisión. Es la aritmética del descuido gradual.

 

La OPS también enfatiza que en la era post-eliminación el reto principal no es la disponibilidad de vacuna, sino la homogeneidad de la cobertura y la rapidez de la respuesta. Un sistema puede tener millones de dosis almacenadas, pero si existen “bolsillos” territoriales por debajo del 95%, la protección colectiva se fragmenta. El sarampión no necesita que todo el país esté desprotegido; le basta con un corredor vulnerable.

 

En ese contexto, y a unos meses de la Copa Mundial de la FIFA 2026, la movilidad internacional añade presión al sistema. La presidenta Claudia Sheinbaum ha señalado que hay suficientes vacunas y coordinación con gobernadores para garantizar la inmunización, especialmente en niñas y niños de 6 meses a 12 años. El esquema técnico está definido y las dosis existen. Pero como recuerda la OPS, la diferencia entre contención y expansión está en la ejecución territorial, no en el discurso central.

 

La Organización Mundial de la Salud es clara: si una misma cadena de transmisión se mantiene activa durante doce meses continuos, se pierde el estatus de eliminación. Ese reloj epidemiológico no entiende de calendarios políticos ni de eventos deportivos. Funciona con semanas epidemiológicas y con números que crecen o se contienen según la eficacia del sistema.

 

Lo que vivimos no es únicamente un brote, sino la prueba de que el éxito prolongado puede volverse frágil. Cuando una intervención funciona durante décadas, erosiona la percepción de riesgo que justificaba su inversión. Se baja la guardia, se normaliza el retraso en segundas dosis, se toleran brechas pequeñas que parecen irrelevantes. Y el virus, paciente y altamente contagioso, encuentra su oportunidad.

 

Nadie quiere una muerte más. No podemos revertir los 10,439 casos confirmados ni las 31 defunciones acumuladas, pero sí podemos evitar que la eliminación lograda en 2001 se diluya. La era post-eliminación no es una zona de confort; es una fase que exige vigilancia permanente. El umbral endémico no es destino inevitable, es advertencia técnica. Y las advertencias, a diferencia de los virus, todavía dependen de nuestras decisiones.

Alan Sayago Ramírez.

Delegado de la asociación política Estatal GAMEC, licenciado en Derecho, maestro en política y gestión pública y Doctorante en Derecho.

Redes Sociales: @alansayagor

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