Tata…!

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18 de Marzo de 1938 – Cuando México le arrebató su petróleo a Rockefeller y a los ingleses

Era la noche del 18 de marzo de 1938. En el Palacio Nacional, el presidente Lázaro Cárdenas del Río se plantó frente al micrófono de la radio y, con voz firme y serena, anunció al país entero: “Se declaran expropiados por causa de utilidad pública y a favor de la Nación los bienes de las compañías petroleras extranjeras”. México acababa de recuperar lo que siempre le había pertenecido: su petróleo. El decreto no era un capricho; era la respuesta a años de saqueo, humillaciones y una guerra silenciosa entre gigantes extranjeros que se disputaban el oro negro mexicano como si fuera botín de guerra.

Pero para entender ese momento histórico hay que retroceder.

El petróleo mexicano no siempre fue mexicano. Desde finales del Porfiriato, dos imperios económicos se lo repartían: el estadounidense de John D. Rockefeller y los intereses británicos encabezados por Weetman Pearson, lord Cowdray.

Rockefeller, el hombre que ya controlaba el 90% del refinado en Estados Unidos con su Standard Oil, tenía puestos los ojos en México desde principios del siglo XX. Su brazo armado aquí era la Mexican Petroleum Company, nacida de los campos que Edward Doheny había explotado en Tampico y que terminaron en manos de la Standard Oil. Pero el gran premio, el que realmente codiciaba Rockefeller, estaba en manos inglesas: la Compañía “El Águila”, fundada por Pearson.

En 1912-1913, mientras el régimen de Porfirio Díaz se derrumbaba, Pearson —el inglés que había construido ferrocarriles, puertos y pozos— negoció directamente con Standard Oil la venta de “El Águila”. Rockefeller vio la oportunidad perfecta: absorber el mayor productor mexicano y consolidar su monopolio continental. Las conversaciones avanzaron. El inglés quería salir; el yanqui quería entrar. Pero el acuerdo se cayó. Pearson, en lugar de vendérselo a Rockefeller, lo traspasó a la Royal Dutch Shell. Así, el petróleo mexicano más rico —el de Poza Rica, Tampico, la Faja de Oro— quedó en manos británicas (con capital holandés). Para 1938, “El Águila” (Mexican Eagle) controlaba más del 60% de la producción nacional. La Standard Oil de Rockefeller, junto con otras firmas yanquis como Socal, se quedaba con alrededor del 30%. Los ingleses tenían la mayoría; Rockefeller seguía babeando por lo que se le escapó.

Durante décadas, esos dos bandos —yanquis y británicos— chuparon el petróleo mexicano sin piedad. Obreros mexicanos ganaban una miseria mientras los gerentes extranjeros vivían como reyes. En 1937 estalló la huelga petrolera. Las compañías se negaron a cumplir el laudo de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje. Desafiaron al gobierno mexicano. Creyeron que Cárdenas era otro títere. Se equivocaron.

El 18 de marzo de 1938, Cárdenas les cerró la puerta en las narices. Expropió todo: pozos, refinerías, oleoductos, tanques, barcos. Tanto a la Shell británica (“El Águila”) como a la Standard Oil de Rockefeller. El petróleo dejó de ser botín de Londres y Nueva York para pasar a manos de la nación. Nació Pemex.

Inglaterra rompió relaciones diplomáticas. Estados Unidos amenazó con boicot. Rockefeller y sus herederos perdieron millones. Pero México resistió. El pueblo donó gallinas, anillos de boda y ahorros para pagar la indemnización (que al final se pagó, pero bajo condiciones mexicanas). El 18 de marzo se convirtió en el símbolo de la soberanía energética.

Hoy, cada 18 de marzo, recordamos que no fue un regalo: fue una conquista. El petróleo que Rockefeller quiso comprar a los ingleses y que ambos quisieron saquear para siempre, hoy —a pesar de todo— sigue siendo mexicano por derecho de expropiación.

Porque el 18 de marzo de 1938 no fue solo una fecha. Fue el día en que México dijo: “Ya basta”. Y lo dijo de frente a los dos imperios petroleros más poderosos del mundo.

¡Yo Acuso! A quienes siguen soñando con que ese petróleo vuelva a manos extranjeras.

¡Yo Acuso! A quienes hoy se enriquecen con el petróleo mexicano a costa del pueblo.

Condenamos a los huachicoleros millonarios mientras el país se transforma en botín de unos cuantos.

La historia no se repite… a menos que se lo permitamos.

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