A Don Jorge
In memoriam
Carlos Morales Tapia

Los años 80 llegaron a mi existencia con un furor poco usual en los jóvenes de mi edad, el ingreso a la Escuela Secundaria de Bachilleres Artes y Oficios La ESBAO para la flota, me proporcionó un punto de vista diferente al que poseía cualquiera otro a mis 12 años y unos cuantos meses de edad; algún maestro dijo que sería ahí donde encontraríamos a nuestros iguales, otro, (el ingeniero Velasco que daba Física –no educación física-) que encontraríamos a nuestros opuestos, porque los polos opuestos se atraen, los iguales, se repelen.

A medio año de ese primero de secundaria, Ramón Soval Dea, Daniel Torres y yo éramos un trío inseparable, lo que nos diferenciaba era el método de estudio: Torres y Soval eran muuuuuuuuuuy macheteros, es decir, se quemaban mucho las pestañas estudiando, es decir, todos los días se pegaban a los libros, mi caso era “excepcional”, lo que escuchaba en clase era suficiente para aprender, el pegarme a los libros era para reforzar lo aprendido y sorprender al maestro en sus errores.

Con el tiempo nos volvimos el “coco” de algunos maestros por la enorme cantidad de información que manejábamos, amén de ser devoradores de cuanto texto cayera en nuestras manos; la biblioteca de la escuela y la municipal de Córdoba, ofrecían (deben hacerlo aún) un acervo pocas veces visto junto y una cantidad de autores de habla hispana tanto de éste como del viejo continente, que enriquecieron y de que manera nuestra formación.

Hijo de permisionario (mi padre tuvo camiones en el transporte urbano) el interés de mi familia radicaba en que aprendiera para sobresalir, que estudiara para progresar y que me recibiera para tener un título que me proporcionara mejores oportunidades laborales, mis intereses en cambio, eran muy diferentes, aprendí a leer precozmente y desde los cinco años no he dejado de hacerlo.

Esta situación provocó que, gracias a los textos que leía ávidamente, en mi cabeza –parafraseando a Rulfo- comenzó a formarse un cúmulo de sueños por las imágenes que ahí comenzaron a anidar gracias a Verne, H.G. Wells, Conan Doyle, Poe, Rimbaud, Baudelaire, Borges, Cortázar, Huidobro, Lezama Lima, Guillén, Lorca, Reyes, Luis Guzmán, Owen y Villaurrutia.

Fue ese primer año de secu en la ESBAO que me presentó la famosísima biblioteca circular propiciada por el maestro Bernardo Miranda que daba sociales y escapa a mi memoria el nombre del profe de español, pero por ellos conocí a Quiroga, Maria Luisa Bombal, José María Roa Bárcena, considerado el padre del cuento en nuestro país y que además, fue veracruzano y xalapeño y hoylo tienen, por lo menos en Xalapa, casi olvidado; Carballido, Pitol, Novo, Ibargüengoitia, Goystisolo, Rulfo, entre otros y por supuesto, gracias a la aparición del peñoelense Miguel Capistrán al más triste de los alquimistas, me refiero al cordobés y padre putativo de Octavio Paz: Jorge Cuesta.

Mi avidez por la lectura y la literatura –ahora hispanoamericana gracias a Seymour Menton- me llevó a buscar compañeros con características afines, así fue como aparecieron el carísimo y entrañable Tavo y el inolvidable Mayín, junto con ellos llegaron la miriambélula, el alcoholeo (la kikis o toto, para los cuadernos) y el antropófago Enrique Aguilar Hommo Sapiens (en realidad es Zapién, pero esa sapiencia es de Hommo sapiens sapiens), director del pequeño museo de antropología de la ciudad de los cafetos.

Cosa curiosa, siendo orizabeño, daba clases en la hispano en Córdoba, dirigía, desde entonces, el pequeño museo y su lista de amistades se circunscribía a sus alumnos y los agregados culturales que le llegamos junto con Toto-Aquileo-la akikis; fue Enrique quien, después de sopesar los intereses del grupo sin grupo (como los contemporáneos) nos presentó a quien administraba, dirigía y llevaba muy bien la pequeña librería universitaria (sigue habiendo pocas librerías en Córdoba, por libros, había que viajar a Orizaba, Xalapa o el defectuoso) un señor muy serio con unas alas enormes y también con un gusto muy particular por el café, su nombre: Jorge Nemi, “Don Jorge para ustedes chamacos, no sean igualados porqué él si sabe”, nos dijo Enrique.

Poco a poco, Don Jorge fue conociendo a todos y cada uno de quienes, por afinidad o por atracción de los contrarios, conformamos lo que Otón Arróniz, que llegó al grupo gracias a Mriám, bautizó como noveles aprendices de quijotes, nunca, a pesar de todo ese enorme cúmulo de conocimientos, quiso escribir, aunque sea una línea Don Jorge, para La Banda y sus rollos, siempre declinó amablemente y siempre con una sonrisa y una frase que enseñaba algo.

Cuanto sabía Don Jorge, no lo sé, sólo recuerdo aquella vez en que, gracias a un castigo de mi padre, llegué sin un centavo a la librería universitaria para pedirle que me dejara hojear el “Itinerario de una disidencia” de Louis Panabiere, que era y sigue siendo, la mejor biografía de Cuesta; nunca me esperé el gesto que siguió al vaivén del librero a la vitrina:

-No te permito que lo hojees porque se estropea, mejor llévatelo y luego me lo pagas
-Pero Don Jorge…
-Me lo pagas, no importa que te tardes 20 años

Al día siguiente ya había terminado de leer el volumen del FCE y buscaba muchos más datos en la biblioteca, el hermano de Jorge Cuesta siempre pasaba por la librería universitaria con un libro en cada mano, supe que era hermano de mi ídolo porque me lo dijo Don Jorge, explicándolo con un tono melancólico, toda la familia tiene un sino muy triste, señaló, el hermano se suicidó y era un químico extraordinario, fabricó el ron Potrero, y éste ultimo comentario lo hizo con ese tono de voz despreocupado que lo caracterizaba y una ronquera que nunca supe a que causa atribuir.

Las charlas con Don Jorge se fueron prolongando, de comentarios breves sobre algunos textos o autores, hasta increíbles consejos que, decía él, son cosas que los viejos acostumbramos rescatar de la basura, le quitamos lo que no sirve y los acostumbramos a obsequiar, dándoles un valor que no tienen, sin embargo, creo que se sentiría orgulloso de saber que, gracias a esos pequeños obsequios de nostalgia, me he convertido en lo que soy ahora.

El, curiosamente, fue el primer crítico de mis textos adolescentes y fue él quien, lentamente me fue explicando como transformarlos en algo agradable al lector, junto con Enrique, me explicó la existencia del lector hipotético, pero también del lector real y más tarde, cuando ya concreté, mejor dicho, comencé a concretar mis textos, me mostró entonces que, al crear, me convertía en un dios.

-Pero no te lo creas tanto, acuérdate que a tu admirado poeta le atacó la locura al final de su vida.

Todavía recuerdo algo, una imagen que difícilmente se borrará de mi memoria, era alrededor del medio día cuando, media banda se reunía con Don Jorge y, ante el asombro de propios y extraños llegó un corpulento hombre que con una velocidad vertiginosa a pesar de su tamaño, comenzó a entrar por la nariz terminando por acomodar los codos en el mostrador tras tomar, de la colección sepan cuantos, los textos completos de Sor Juana y nos leyó un fragmento.

Yo estaba admirado, era la primera vez que veía a un diputado federal así, de cerquita y que además, leía a Sor Juana, pero eso no era todo, mi asombro llegó a más cuando, el regordete narizón besó a su padre y cariñosamente le invitó a comer, Don Jorge, sonriente y complacido por su trabajo nos despidió a todos, ya en la puerta, con un par de palmaditas en la espalda me sonrío y dijo:

-Nunca me hagas caso, mira en lo que convertí a mi hijo, en un hombrón que siempre llega y mima a su padre en demasía.

Finalmente hoy me enteré, Don Jorge, mi maestro, un mentor que envidiaría cualquiera, ha dejado de existir para pasar a ser, sabía que ya estaba bastante grande, pero conservé y lo haré mientras viva, el recuerdo de esas enormes y poderosas alas en las que, de pronto, me convidaba a acomodarme y me llevaba a volar por parajes de su tierra, o de sus sueños y que, en ocasiones, cuando lo hacía con tantas ganas, acompañaba con un par de hermosas lágrimas.

La última vez que charlé con él fue en una reunión decembrina para reporteros, en el IPAX, me le acerqué, todavía con vaso de licor en mano y me llamó la atención diciendo que él no había pasado el tiempo charlando con quien prefería dejar la lucidez, por la inconsciencia terrible del alcohol, que no acostumbraba perder su tiempo con borrachos… fue el último consejo de los labios y el corazón de un hombre a quien nunca dejaré de agradecerle muchas cosas… incluso, porqué no, hasta la vida.

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