en la ciudad de Xalapa, Veracruz, en la ceremonia
efectuada el jueves 30 de octubre de 2008, en
ocasión del octavo aniversario luctuoso de don
Fernando Gutiérrez Barrios.
El día 29 de noviembre de 1988, don Fernando Gutiérrez Barrios me llamó para comentarme: «el señor Presidente de la República ha distinguido al estado de Veracruz al invitar a su gobernador a servir a México como Secretario de Gobernación».
Quienes conocimos a don Fernando y colaboramos a su lado, sabíamos lo que para él significaba, especialmente en los momentos difíciles que enfrentaba el país, ser el titular de esa Secretaría, a la que llegó, egresado del Heroico Colegio Militar, para incorporarse a la recién creada Dirección Federal de Seguridad. En esta dependencia pronto llegó a ser subdirector y director antes de ser nombrado Subsecretario de Gobernación, cargo en el que permaneció 12 años.
Con gran percepción, visualizó siempre la seguridad nacional como la obligación del Estado mexicano de garantizar las condiciones políticas, económicas, sociales y diplomáticas que preserven la soberanía, la independencia e integridad del territorio nacional.
Como responsable de la política interior del país y comprometido con el tema de la seguridad, organizó con determinación el Sistema Nacional de Protección Civil. A él corresponde el mérito de haber iniciado y consolidado las bases de esta institución fundamental para garantizar a la población civil una oportuna respuesta en caso de presentarse situaciones de emergencia o de desastre.
Creó, asimismo, el Centro Nacional de Prevención de Desastres y durante su encargo se diseñó el primer Atlas Nacional de Riesgos, instrumento técnico de gran utilidad para ubicar, con precisión, los lugares de nuestro territorio susceptibles de padecer los efectos de cualquier tipo de meteoro.
Para garantizar los derechos básicos de los ciudadanos, creó la Dirección General de Derechos Humanos, germen de lo que, más tarde, habría de convertirse en la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, organismo constitucional autónomo, encargado de revisar y calificar la actuación de instituciones y servidores públicos, en provecho de las libertades esenciales de todo ser humano.
Como veracruzano, tuvo la legítima aspiración de ser gobernador. En 1974 no podía serlo, pero impulsó la candidatura de Manuel Carbonell de la Hoz. En 1980 tampoco lo logró; pero en 1986, siendo director general de Caminos y Puentes Federales de Ingresos, alcanzó al fin su sueño.
«Veracruz primero y siempre», solía decir don Fernando. Y se convirtió en su lema de campaña.
Imbuido de este ánimo, fue siempre un hombre de grandes decisiones. Cuando estaba por terminar su recorrido electoral en pos de la gubernatura, se acercaron a mí don Carlos Piñero, don Miguel Vázquez, Addi Castillo Cevallos y Miguel Ángel Vázquez Rebolledo, entre otros destacados amigos que tenían interés en la construcción de la carretera Xalapa-Alto Lucero.
Deseaban que hiciera el recorrido de cuatro horas por tierra, que era lo que se tardaba en llegar.
Le transmití el mensaje a don Fernando y me indicó a su vez que les informara que, aunque no haría el recorrido por tierra, esa carretera la haría su gobierno.
Recuerdo que cuando llevé la respuesta a los amigos de Alto Lucero, no ocultaron su escepticismo. «Lo mismo de siempre», me imagino que pensaron.
No sabían que don Fernando, antes del cierre de la campaña, programó la visita a Alto Lucero. «Diles –precisó—que estaré con ellos el día 15 de julio a la una de la tarde».
Y a la una en punto aterrizó el helicóptero con el candidato a gobernador. El pueblo, congregado para darle la bienvenida, reiteró su única petición en el discurso, en mantas, en bardas y carteles: la construcción de la carretera.
En su mensaje, les dijo que su gobierno construiría la carretera. Y así ocurrió: fue la primera obra importante que inició su mandato y, no obstante la edificación de puentes y lo sinuoso de la zona, se terminó en el tiempo récord de dos años.
En reconocimiento al apoyo recibido por esa obra fundamental para su actividad económica, social y cultural, el pueblo tomó la determinación de agregar a Alto Lucero el nombre de Gutiérrez Barrios.
Don Fernando fue siempre así: un hombre de palabra. En cumplimiento de ella, por citar solo unos ejemplos, construyó el Centro de Especialidades Médicas «Dr. Rafael Lucio», creó el Instituto Veracruzano de la Cultura y dio gran impulso al sector educativo y a nuestra querida Universidad Veracruzana.
«Los programas de gobierno, decía, se hacen con la voz, el conocimiento y la participación del pueblo». Así anticipaba, hace 20 años, el advenimiento de un país nuevo, vinculado estrechamente a los deberes que corresponden a un gobierno identificado con la fuente real de su fuerza política: el pueblo.
Con esta convicción asumía la necesidad de un cambio. De hecho, el cambio fue, en efecto, uno de los ejes fundamentales de su filosofía política.
Para don Fernando, la sociedad cambia porque la componen hombres y mujeres, seres humanos cuyas vidas cambian constantemente. Y la suma de los cambios individuales origina cambios profundos en la sociedad. De ahí la relevancia que tiene poner las instituciones al día y a tiempo con las demandas y aspiraciones sociales.
«Los seres humanos y la sociedad –afirmaba–, deben cambiar no para dejar de ser sino para ser mejores.»
Le preocupaba mucho el hecho de que las personas y las sociedades, en su afán por mejorar sus condiciones de vida, adoptaran modas y costumbres que, poco a poco, les hicieran ir perdiendo el sentido de sus vidas y su identidad, porque él sabía que los pueblos que pierden su identidad están condenados al avasallamiento, la conquista, o lo que es peor, a su desaparición.
Invariablemente alentó y sostuvo una sociedad abierta, plural y diversa en sus opiniones y preferencias. Su posición frente al exilio político era muy clara. Le era relevante conocer las causas reales por las que un ciudadano había optado por salir de su patria. Admiraba y distinguía a los idealistas.
A quienes luchaban por las libertades y el mejoramiento de las condiciones de vida de sus pueblos, los atendió con buen trato y con solidaridad para facilitarles su estancia en el país y para que las penurias por las que usualmente atraviesa el exiliado fuesen menores.
El respeto y la admiración que le profesaron líderes como Daniel Ortega y Tomás Borge, de Nicaragua; Shaffik Handal, Héctor Cámpora, Ricardo Obregón Cano, Facundo Suárez, Juan Manuel Abal Medina y Rodolfo Puiggrós, de la Argentina; Alfredo Zitarrosa, del Uruguay; Hugo Miranda y José Miguel Insulza, actual secretario general de la OEA, de Chile, entre otros, es un claro ejemplo de ello.
Vale la pena recordar el origen de la relación amistosa entre don Fernando y Fidel Castro, líder de la revolución cubana. En 1956, en plena Guerra Fría, cuando con el Che Guevara, Ramiro Valdez, Raúl Castro y otros revolucionarios Fidel preparaba en México, desde la clandestinidad, la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista.
En julio de 1987, Fidel Castro reveló la forma como se dio el encuentro a los integrantes de la delegación artística y cultural del gobierno de Veracruz, encabezada por Armando Méndez de la Luz, Secretario de Desarrollo Económico, reunidos en el Teatro de las Fuerzas Armadas de La Habana.
Relató los pormenores del operativo mediante el cual los agentes de la Dirección Federal de Seguridad detuvieron al grupo insurgente en el exilio. Se refirió al profesionalismo de don Fernando y al buen trato de que fueron objeto. Reconoció el apoyo inestimable al sustraerlos del acoso de los agentes de la dictadura.
El comandante Fidel Castro señaló que la intervención de su entrañable amigo Fernando Gutiérrez Barrios, había sido decisiva para que la Revolución Cubana se consolidara y cayera el régimen de Batista.
Respetuoso de la autoridad, por su vocación liberal y democrática fue también un hombre que prefirió el empleo de los instrumentos de la ley como expresión de la voluntad colectiva.
Admirador y seguidor convencido de la vida y la obra de Benito Juárez, don Fernando se asumió siempre liberal, nutrido en la ideología de los hombres de la Reforma, que tanto influyeron en la vida y en la historia del país. De ahí su paradigma del Estado laico y de la tolerancia religiosa.
«Las acciones de Juárez son cátedra viva, donde se forja el carácter y se fortalece la voluntad», dijo del Benemérito, al que consideró guía moral imprescindible y conductor político eficaz de su pueblo por los difíciles caminos del decoro y de la dignidad.
Recuerdo que en Tempoal, en una gira del presidente Carlos Salinas de Gortari con motivo de la recuperación que hizo el gobierno del estado del Frigorífico de la Huasteca Veracruzana, tuvo lugar una reunión de las tres uniones regionales ganaderas del estado.
Los dirigentes ganaderos reconocieron, uno a uno, el apoyo y la confianza que les había brindado don Fernando a todos los productores agropecuarios.
Cuando terminó el evento, el Presidente de la República me preguntó: «Oiga Dante, ¿Por qué en tan solo dos años de gobierno aprecian tanto la obra de don Fernando? ¿Qué les dio en un periodo tan breve?»
Le respondí: «Señor Presidente, les dio a los ganaderos y productores rurales lo que querían y anhelaban: seguridad y justicia».
No querían que les dieran, únicamente deseaban que no peligrara su patrimonio. Les dio seguridad, confianza y respeto a la ley. Les dio también la certeza del valor de la palabra empeñada por el gobernante.
Eso les dio don Fernando. De ahí el respeto que merece de todos los veracruzanos.
En otra gira por Alto Lucero, vi cuando una mujer acompañada de su pequeña hija, le entregó al Presidente un sobre amarillo. «Queremos pedirle –le dijeron—que sea tan amable de entregárselo a don Fernando». El Presidente festejó la petición y se comprometió a ser el correo de su Secretario de Gobernación.
Amigas y amigos veracruzanos:
Agradezco al gobierno de Veracruz y en especial al gobernador Fidel Herrera Beltrán, la invitación a la ceremonia luctuosa en honor de un mexicano ejemplar y un veracruzano ilustre: don Fernando Gutiérrez Barrios.
El gobernador Herrera Beltrán vivió, apreció y mereció la generosidad y el respaldo de don Fernando, cuando lo apoyó en sus aspiraciones como diputado y posteriormente como su compañero de fórmula al Senado de la República.
Fernando Gutiérrez Barrios construyó su perfil profesional a partir de valores que hoy añoramos, pero que podemos recuperar para reivindicar la dignidad de la política. Sobre él, podría comentarles innumerables anécdotas y vivencias.
Lo conocí el 15 de diciembre de 1970, como un apuesto y distinguido servidor público que acababa de cumplir 43 años. El de la voz era un estudiante de segundo año en la Facultad de Derecho, que una semana después cumpliría 20 años.
Así, desde siempre, viví una relación cordial, respetuosa, de amistad entrañable, de confianza recíproca. Fui su discípulo. Nunca dudé en solicitar su consejo u orientación en todo momento crucial de mi desarrollo personal y profesional, incluyendo, oportunamente, mi candidatura al Senado en el año 2000.
La oportunidad que tuve de colaborar con él fue en y desde Veracruz. Primero como coordinador de su campaña a gobernador, después como su secretario de Gobierno y posteriormente como gobernador sustituto. Así construyo, con su ejemplo, mi propio compromiso con Veracruz y con México.
Amigo de sus amigos y leal con sus adversarios, don Fernando supo estar a la altura de su tiempo, siendo sincero en sus actitudes y justo en sus determinaciones. Sus dilemas fueron resueltos invariablemente con valentía y sin dobleces.
De Gutiérrez Barrios habrá siempre muchas cosas memorables que decir. Sin embargo, hoy debemos recordar al político que supo servir a México y a Veracruz desinteresadamente. Al hombre que con pasión, generosidad y humildad vivió todos los actos de su existencia.
De algún modo, todos, familiares, amigos, y colaboradores, le debemos un favor, un detalle, una sonrisa, un simple gesto que, en su momento, fortaleció nuestro ánimo y nos ha impulsado a seguir adelante frente a las dificultades que a veces nos depara la adversidad.
Es debido y meritorio que le rindamos un homenaje que trascienda el discurso. Un homenaje que tenga la virtud de revivir su ejemplo y su figura con el testimonio de nuestros hechos.
Hagamos el intento de revivir el patriotismo, la verticalidad y la congruencia de Fernando Gutiérrez Barrios, siendo nosotros mismos patriotas, en el más amplio sentido de la palabra; valientes y a la vez prudentes, para construir un nuevo Veracruz y un México nuevo, más justos y respetables.
Empeñemos la palabra para fortalecer la ética del quehacer político y para honrar nuestra condición de hombres libres, comprometidos con la patria.














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